BIOGRAFÍAS

BIOGRAFÍA DE ELADIO SALVADOR

Capítulo 1

Eladio Salvador nació en un pueblecito de Cuenca en el año 1921. Un pueblecito de ahora, pues entonces era todo un señor pueblo con casi mil habitantes, pero que, como tantos otros pueblos, perdió la mayoría de ellos a lo largo del siglo XX.
Entonces, cuando nació Eladio, el millar largo de habitantes del pueblo vivía de la agricultura y la ganadería principalmente, pues prácticamente casi todos los vecinos tenían alguna oveja, unas cuantas gallinas y alguna tierra en la que sembraban sobre todo trigo para hacer pan durante todo el año y patatas para el consumo familiar. Como la mayoría de los vecinos tenía pocas ovejas, existía la costumbre de formar rebaños grandes de ciento cincuenta o doscientas reses juntando las ovejas de muchos vecinos, y así no tenían que ir todos de pastores sino que se encargaba una persona y las demás le pagaban el servicio, generalmente con alguna cordera de las que parían sus ovejas.
Los hombres que no pastoreaban, cuando no estaban arando, sembrando, trillando o aventando, se ganaban algún dinero extra trabajando en los bosques de la zona, que afortunadamente era rica en pinares, lo que había hecho que surgieran en el pueblo cuatro fábricas de madera y dos de resina. Y los hombres y muchas mujeres iban a recoger resina de los pinos o ayudaban con la corta de madera y ganaban así algún dinero que sumar al de la venta de lana de las ovejas y poco más, pues los cerdos, las gallinas, los huevos y la siembra eran, por lo general, para consumo de la familia.
En el pueblo había diez o doce familias que escapaban a esa norma general. Eran los dueños de las distintas fábricas o los que contaban con rebaños grandes de ovejas y pastores a sueldo, y con tierras en abundancia que les daban más de lo que necesitaban para la mera subsistencia.
Pero la familia de Eladio no era una de ésas, sino de las “normales”. Su padre era cabrero, o sea que llevaba a pastar las cabras de prácticamente todos los vecinos del pueblo, pues muchas familias tenían una o dos cabras de las que sacaban la leche que consumían. Cuando llegaba la hora de salir al campo con los animales, su padre, Patricio Salvador,  recorría el pueblo tocando un cuerno y los vecinos le sacaban las cabras a su paso. Y cuando volvía del campo con el rebaño, los cencerros de las cabras servían de aviso y la gente salía a recoger sus animales.
La madre de Eladio, Felisa Cortés, contribuía también a la subsistencia familiar, y los días que no tocaba cocer el pan para toda la semana o ayudar en  las labores de los pocos campos que tenía la familia, salía con las mulas y unas vecinas a recoger resina de los pinos.
La casa de Eladio, de una sola planta, era más bien grande para la época y el lugar. Constaba de una cocina larga, que al niño le parecía gigante, con un fuego de chimenea del que colgaba un gancho negro. Ése fuego se usaba para cocinar, pero también para calentarse. Detrás de la cocina había una sobrecocina, donde se guardaban los cacharros, pero también el tocino o las ollas que conservaban los chorizos en aceite y era allí donde se salaban los jamones en la época de la matanza. Al otro lado de la cocina había una sala con otra chimenea y a esa sala daban tres alcobas con camas grandes sin ventanas al exterior. En una de esas alcobas dormían los padres de Eladio, en otra dormía él con su abuela Jesusa, aunque más tarde, a medida que iban naciendo sus hermanos, se les uniría también Paco, su hermano segundo. Y en la tercera había una cuna de madera además de la cama y allí dormían los hermanos más pequeños.
Un pasillo amplio separaba la zona de la cocina y sobrecocina de la zona de la sala y alcobas y más allá de ambas zonas continuaba el pasillo y la casa se prolongaba en las cuadras, donde estaban las dos mulas de la familia y las gallinas. El cerdo se criaba aparte en una caseta separada de la casa principal. La casa constaba de una sola planta, aunque entre ésta y el tejado había un altillo donde se guardaban la miel, las patatas, el grano y la paja.
Eladio fue el mayor de seis hermanos, todos varones, por lo que no pudo librarse de salir al campo desde bastante pequeño, aunque tuvo la suerte de que su madre diera mucha importancia a saber leer y escribir y eso le permitió, a él como a sus hermanos, asistir a la escuela desde los cuatro años, aunque a partir de los seis faltaba a menudo porque tenía que llevar a pastar las cabras los días en que sus padres se veían obligados a trabajar en los campos bien en la siembra o en la cosecha.
Eladio era un niño moreno de piel y pelo, delgado, vivaracho, ágil de cuerpo y de lengua. El 15 de abril de 1925 cumplió cuatro años y ese día su madre le frotó la cara con más brío que de costumbre, lo peinó aplastándole el flequillo con agua y lo llevó a inscribirlo en el Ayuntamiento y a continuación a la escuela de párvulos.
Eladio no se había parado nunca a pensar qué sería aquello de la escuela. Sólo sabía que era un sitio al que iban Carlos y Pascual, dos niños vecinos suyos algo mayores que él con los que jugaba en la calle y, por eso, cuando los mayores le preguntaban si tenía ganas de ir a la escuela, siempre contestaba que sí.
El primer día que llegó, la clase le pareció muy grande, aunque no debía de tener más de treinta niños. La maestra, doña Margarita, era una mujer mayor a la que había visto por el pueblo, pero a la que nunca había tenido tan cerca. Se acercó a recibirlo a la puerta y Eladio se escondió vergonzoso detrás de su madre, que lo sacó hacia fuera sin contemplaciones.
-¿Pero qué tonterías son ésas? Saluda a doña Margarita, anda, que se va a creer que eres un burro sin educación.
Eladio se puso colorado pero la maestra le cogió la mano, se agachó y le dio un beso en la frente y él notó que olía muy bien.
-Anda, ven, que aquí no nos comemos a nadie.
El niño se dejó llevar hasta un banco largo de madera rústica sin barnizar, delante del cual había una mesa larga también de madera de pino de la zona y también sin barnizar. A la derecha de Eladio estaba el pasillo y a la izquierda había una niña que llevaba un pañuelo blanco y a la que él no conocía.
-Te vas a poner con Maruja –le dijo la maestra-. Ella llegó hace tres meses y te puede señalar las letras. Además, ella tiene cartilla y podéis leer juntos.
Doña Margarita dejó delante de él el envoltorio de papel de estraza que le había preparado su madre con un trozo de pan y un trozo de tocino para comer en el recreo y se alejó al principio de la clase.
Eladio ese día no se enteró de mucho. Escuchó las letras y palabras que decía la maestra y que Maruja, una niña delgaducha que a él le pareció muy lista, señalaba con el dedo en el libro, pero que para él eran dibujos sin sentido. En realidad, de su primer día de clase, conservaría después tres recuerdos: el olor a espliego de doña Margarita, el vestido de cuadros grises y blancos que llevaba aquel día Maruja debajo de un delantal blanco inmaculado y que, cuando salieron a la calle para el recreo después de lo que a él le pareció un tiempo interminable, se acercó corriendo un niño más mayor y le arrancó de las manos el papel de estraza que envolvía la merienda que le había hecho su madre. 

 

LICENCIADA EN CIENCIAS DE LA INFORMACIÓN, RAMA PERIODISMO, POR LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID.

CAMBRIDGE PROFICIENCY ENGLISH CERTIFICATE, POR EL HAMMERSMITH AND WEST LONDON COLLEGE DE LONDRES.

VIVÍ EN LONDRES DE 1980 A 1987 Y EMPECÉ A TRADUCIR PROFESIONALMENTE EN MADRID EN 1989.