BIOGRAFÍAS

EL ENCANTO DE DAMASCO

Yo ya sabía que me iba a gustar Damasco. O mejor dicho, tenía muchas ganas de que me gustara Damasco porque, junto con Bagdad y Basora, eran ciudades con las que soñaba yo de pequeña cuando leía “Las mil y una noches”. Bagdad y Basora no llegué a verlas antes de la guerra y con Damasco no quería esperar más.

 Llegué a la ciudad un día de noviembre de 2007, de noche, y en primera impresión predominó el color gris sucio de sus edificios, muchos de ellos grandes y feos,  a base de cemento. Además es una ciudad enorme, donde la contaminación se huele y a días incluso se masca, con unas autopistas que la atraviesan y que afortunadamente disponen de pasos elevados para cruzarlas, lo que no impide que de todos modos te juegues la vida cruzando las otras calles “normales”.

 Mi primer hotel estaba situado enfrente de la Mezquita de Soleimán y cuando a la mañana siguiente salí a la calle y vi Damasco por primera vez a la luz del día, me impresionó el color arena de las laderas atiborradas de casas del monte Casiún, que yo veía detrás de las cúpulas de estilo otomano de la mezquita.

 Pero  pasarían unos días hasta que dejara de percibir la ciudad como amenazadora. Una de las cosas que contribuían a darme esa impresión es que el árabe mira, y mira mucho. Mira como probablemente se miraba aquí en España hace sesenta años. Mira como todavía se mira en muchos pueblos pequeños de España. Te mira de arriba abajo, muy serio, y si no ha tenido bastante, se vuelve para seguirte mirando cuando ya has pasado. Si eres una mujer occidental sola por las calles de Damasco, vas con la cabeza descubierta, has leído en las guías que no debes sostener la mirada a los hombres y te miran así, es difícil no sentirse intimidada y no ver caras de reprensión donde seguramente no las hay.

Por cierto, que muchos de esos hombres llevan en la mano el rosario turco. Pero yo sospecho que a menudo es por tener algo que hacer con los dedos más que por motivos puramente religiosos.

 Mis primeras impresiones de la gente en Damasco fueron ésas, unidas a las de una ciudad ruidosa, con un tráfico caótico y unos cruces asesinos que yo aprendí a pasar pegada a dos o tres personas más y casi siempre por el lado contrario al que venían los coches.

 Otra de las primeras cosas que notas en cuanto paseas un poco por Damasco es que las mujeres llevan pañuelo. Todas… o, para ser más precisa, casi todas. Yo diría que ahora mismo, en noviembre de 2007, lo llevan todas excepto quizá el 10 por ciento de cristianas que habitan en la ciudad, y de éstas, las mayores de cierta edad también lo llevan, aunque otro tipo de pañuelo, el que va atado con un nudo delante que se llevaba tanto en nuestros pueblos.

 Y es curioso que lleven pañuelo en un país donde el gobierno se define como laico y socialista y donde hace 30 años no lo llevaba prácticamente nadie. Mi opinión personal es que se empezó a llevar precisamente como señal de rebeldía ante un gobierno dictatorial laico y que, posteriormente, ahora, se lleva ante todo como seña de identidad frente a Occidente.

 Porque los pañuelos de la inmensa mayoría de las damascenas (y de las sirias en general) tienen muy poco de religioso. Son blancos, de colores y bordados y un viernes, su día festivo, verás en los restaurantes a las mujeres comiendo en familia y ataviadas con pañuelos decorados con brillos dorados o plateados que transmiten de todo menos modestia, pero que encajan con ese gusto por el brillo y lo chillón tan propio del árabe… o al menos de Siria, donde vas andando por cualquier calle y de pronto te encontrarás varios edificios decorados con lo que para nosotros serían luces y estrellas doradas de Navidad y para ellos son adornos de todo el año. Las mujeres, además, van cubiertas de la cabeza a los pies. Pueden llevar el pantalón vaquero más ceñido del mundo en el culo y una blusa escotada y estrecha, pero el pantalón llegará hasta los tobillos y la manga de la chaqueta o la blusa hasta la muñeca.

 No sé en qué momento pasó Damasco de parecerme amenazadora a entrañable y sus hombres atentos y cordiales. Creo que fue después de varios paseos por el maravilloso zoco Hamidieh, cuando entré por primera vez en la Gran Mezquita de los Omeyas y me permití quedarme sentada dos horas en la parte de las mujeres y los niños. Porque la mezquita es un monumento impresionante, con mosaicos de pan de oro bellísimos en varias de las paredes y techos artesonados hermosísimos, pero también es un lugar ideal para sentarte un rato cuando llegas del zoco o quizá ya de vuelta, después de caminar y perderte por las callejuelas que forman los barrios cristiano, armenio y judío de la ciudad vieja.  Lo que sí sé es que a ese cambio de perspectiva contribuyó el que me cambiara a mi entrañable hotel Al Rabbie, en el popular barrio de Saruja, con sus calles estrechas, sus cafés al aire libre atestados de damascenos y algunos turistas, y sus hoteles para mochileros; hoteles baratos que antes fueron residencias damascenas, con las habitaciones construidas en dos pisos en torno a un patio amplio con surtidor, parra y muchas mesas donde los huéspedes pueden tomar té o café –un cartel en recepción te da las gracias por no consumir alcohol- y adonde venía mi profesor  cargado con su pizarra a darme clases particulares de árabe todas las mañanas.

 Si sé que muchos, Husseim, mi profesor, que me indicó cafés y restaurantes que no vienen en las guías; Khaled, Osama –al que tanto molestaba su nombre- y el resto del personal del hotel; algunos viajeros,  los vendedores del zoco, que pronto te reconocen y empiezan a saludarte, y saben dar la impresión de que es un placer verte aunque no compres, o la mujer de ojos grandes y hermosos que cuida los servicios públicos del lado derecho de la gran mezquita y te sonríe desde la segunda vez que te ve, todos ellos contribuyeron a que aprendiera a querer una ciudad que, en cualquier caso, se te mete en el corazón a poco que te descuides. Y si no, que se lo pregunten a Michelle, la turista australiana que me tropecé en una callejuela de la parte vieja y que era la séptima vez que iba a Damasco desde Sydney. O a Chisco y Marisol, que tanto disfrutaban de sus palacetes restaurantes y a los que la ciudad atrapaba con el mismo embrujo que a mí. O a Fabricio, el suizo que sabía, como tantos de nosotros, que Damasco no es “bonita”, pero tiene “algo”.

Porque Damasco no es bonita. Es, lo he dicho ya, ruidosa, contaminada, de color gris y con un tráfico infernal. Pero también es mucho más. Es su esplendoroso zoco cubierto Hamidieh, con sus sorprendentes tiendas de novias y sus vestidos estilo Sisí emperatriz y sus más sorprendentes todavía y abundantes tiendas de lencería recargadísima de plumas y lentejuelas, zoco que termina  en los restos del templo de Júpiter y la Gran Mezquita. Y a la derecha del antiguo templo de Júpiter hay una placita cuyo centro lo ocupa un círculo amplio siempre lleno de grano y siempre también rodeado de gente, que a mí me llamaba la atención y que no tiene más misterio que la gente congregándose y formando círculo para ver comer  a la multitud de palomas que duermen después ahítas sobre los muros de la Gran Mezquita.  Si sales de la placita por la derecha y empiezas a bordear la mezquita, te encuentras enseguida con el palacio Azem, una primera muestra del modo de vida de las mansiones damascenas en el siglo XVIII, con las habitaciones rodeando un patio con un surtidor, azulejos y plantas, el mismo estilo en definitiva que los Omeyas dejaron, en Andalucía como en Damasco, hasta nuestros días.  Y al salir del palacio, un poco más allá, te encontrarás con el karavasar Assad Pacha, el más impresionante de los karavasares de Damasco, con su arquitectura en piedras negras y blancas alternas y sus cúpulas otomanas. A continuación te metes ya en el laberinto de la ciudad vieja, con sus barrios judíos y cristianos, sus iglesias ortodoxas griegas o armenias y, sobre todo, sus innumerables callejuelas estrechas donde te perderás seguro, pero donde vale la pena perderse y toparse de pronto con uno más de los palacios del siglo XVIII reconvertido ahora en café restaurante, siempre con su patio central y su surtidor y donde los viernes por la tarde se juntan las mujeres a fumar sus pipas y charlar, o sea a hacer lo mismo que hacen los hombres todos los días en los cafés al aire libre. Y donde los viernes por la noche, como en el palacio Narcisus, van las familias damascenas a cenar y jugar a un juego de tela con aspas dibujadas que llaman parchís y que sí, recuerda el nuestro pero sin el círculo, sólo con la cruz central. 

 Y es todo un espectáculo ver sus mesas atiborradas de platos, a las mujeres y hombres fumando sin cesar la arguila mientras comen y a todos juntos escuchando, y a veces acompañando, al cantante que toca el laúd y acepta peticiones del público.

Porque la arguila, la pipa de agua, es parte integral de la vida de Damasco para hombres y mujeres. Hasta tal punto que todos los cafés y restaurantes que se precian tienen un chico sólo para ocuparse de las pipas. Un chico que las llena, chupa hasta ponerlas en marcha y va después recorriendo las mesas con su calderito de carbones encendidos y sus pinzas metálicas para cambiar los que se van acabando.

 Pero no es el único chico. En Damasco, en cafés y restaurantes, y también en muchos hoteles, son todos hombres. En la cocina, sirviendo las mesas o tomando los pedidos. Las mujeres damascenas trabajan, y de hecho dominan en las cajas de los bancos o en las agencias de viajes, o como secretarias en oficinas y maestras de los colegios, pero no están en los bares y restaurantes, salvo como clientas, y entonces fuman con la misma profusión que los hombres en una ciudad donde da la impresión de que todos fuman.

 Y en la ciudad vieja hay también cafés más pequeños y escondidos, con patios de plantas y techos de parra donde se reúnen los jóvenes con pinta de universitarios, ellas mayoritariamente sin pañuelo y donde no entran los turistas, básicamente porque no aparecen en ninguna de las guías.

Y hay, otra vez, ese dédalo de irrepetibles callejuelas a veces tan estrechas que la gente podría darle la mano desde su balcón al vecino de enfrente, y sus iglesias, entre ellas la de San Ananías, con su ventanuco estrecho por donde se supone que escapó San Pablo de Damasco, sus cementerios y sus, como en todo el resto de la ciudad, puestos de zumos de granadas, plátanos o naranjas, o sus puestos de kebabs, esos bocadillos tan ricos de carne con ensalada y salsas y, unos y otros, con su inescapable yogurt, que tomarás o bien líquido en un vaso, con menta e incluso con ajo o en un plato a cuchara con aceite de oliva y menta pero que, junto con el humus, o puré de garbanzos, y el eterno kebab de pollo, podría decirse que son los platos nacionales damascenos.

 Y fuera de la ciudad vieja, el barrio más curioso de Damasco es para mí el del monte Casiún, construido al parecer poco a poco por los refugiados que iban llegando a Damasco y que, al usar materiales de construcción y no cartón o chapa como en otros arrabales de otras ciudades, el Gobierno fue consintiendo y hoy forma una amalgama de calles empinadas en muchas de las cuales pasas de una a otra por escaleras y cuyas casas conviven con las tumbas de los cementerios –hasta cuatro conté en un paseo en otras tantas calles adyacentes- que supongo que estaban allí antes de que las casas los fueran rodeando. Es un barrio curioso, no sólo por sus construcciones abigarradas sino porque allí, desde la altura, tienes Damasco a los pies, con las mezquitas destacando en la noche por el color verde neón de los cordones que rodean sus alminares y que en mi opinión personifica como nada ese gusto del árabe por lo chillón.

 Y en la cima del monte hay una carretera estrecha bordeada de chiringuitos con mesas y sillas para tomar té o refrescos y que en invierno sirven de miradores naturales a los turistas pero donde en verano, cuando aprieta el calor abajo, suben los damascenos con sus familias a tomar refrescos y pasar el día, comiendo, fumando y jugando, hasta que ya entrada la noche, refresca lo bastante para animarse a bajar a dormir a la ciudad.

Y en las calles de la parte baja del monte, al igual que en otros barrios de calles estrechas, no es raro que en las horas punta suceda de pronto que los coches entran en las dos direcciones y se forme un embotellamiento en dos minutos. Pero no pasa nada. Un par de hombres se bajarán y se les unirán otros espontáneos que pasen y un coche se moverá unos centímetros para acá, otro se subirá a la acera por allá, y el desaguisado quedará arreglado más o menos pronto.

 Y por supuesto, hay muchas cosas más que forman Damasco, como su increíble Museo Nacional, donde, como en casi todos los museos de Siria, lo que ves es siempre casi, casi tan antiguo como el mundo, y donde encuentras joyas, cerámica o incluso recipientes de cristal para el kohl de tres y cuatro mil años de antigüedad.  Y donde descubres con sorpresa que los artilugios que había en tu casa de pequeña, desde los cántaros a las planchas de hierro, de los serones a las espuertas, los candiles y las alforjas, existían ya hace miles de años y los árabes los extendieron luego por la península.

O el zoco de artesanía de los jardines de la mezquita de Soleimán, con sus puestos de joyas, telas y alfombras.

O los edificios del arquitecto español Fernando de Aranda, sobre todo esa maravillosas estación de tren reconvertida ahora en sede de una feria del libro que está cerca de una de las siete puertas que entran a la ciudad amurallada, la más grande de ellas, donde empieza el zoco Hamidieh.

O los otros zocos, y a mí me gustó especialmente el de Saruja, con sus artesanos del cuero y de la lona, con multitud de puestos donde te cortan lonas o telas fuertes de colores que te cosen a medida para lo que pidas.

O su zona de tiendas de fuera del zoco, con sus maravillosas tiendas de zapatos y bolsos y ropa.

 Y aunque sé que me voy a dejar algo y no voy a poder enumerar aquí todo lo que conformaba el Damasco que yo vi, quiero mencionar sus minubuses, que en realidad son furgonetas y parecen ser la principal fuente de transportes entre barrios, o sus taxis, a menudo con conductor y copiloto, como si el taxista necesitara llevar alguien con quien hablar mientras trabaja.

 O los hoteles y restaurantes reservados para los turistas iraníes, con sus mujeres vestidas con el manto negro de la cabeza a los pies y que se mueven por el centro y por el zoco en grupos de mujeres acompañadas por un par de hombres. Su nivel de vida es claramente más alto que el de los sirios y además, supongo que a Damasco han ido a comprar, por lo que es habitual ver una serie de vendedoras esperándolas en las puertas de los hoteles, que se convierten en mercadillos improvisados, con la mercancía extendida encima de sábanas en las aceras.

Y yo me quedé con las ganas de hacer esa foto de las turistas iraníes vestidas y cubiertas de negro de la cabeza a los pies entrando en alguna de las espectaculares y picantes tiendas de lencería del zoco, porque entraban, tocaban y miraban como entraba, tocaba y miraba yo.

 No quiero acabar esta primera impresión de Damasco sin mencionar a sus refugiados. Al medio millón de palestinos que había desde hace muchos años en Siria se han unido ahora los dos millones y pico de refugiados iraquíes. Un millón setecientos mil de cifras oficiales y se calcula que al menos y tirando por lo bajo, otro millón de extranjis, y muchos de ellos en Damasco.

Una de las consecuencias de la llegada de tantas personas a Damasco ha sido que el alquiler de las casas se ha multiplicado por tres en poco tiempo. Muchos iraquíes te dicen que eligieron Damasco porque Siria es un país más barato que Egipto o Jordania, porque en Damasco vives con menos de la mitad de dinero al mes de lo que necesitarías en Amán o El Cairo. Ellos, los iraquíes, también te dicen que los refugiados han sido personas con dinero, que los pobres no han tenido más remedio que quedarse en Irak y que ellos han llegado ahí con dinero para gastar y alquilar casas. Estoy casi convencida de que en un principio fue así –salvo excepciones, claro- pero también sucede que los iraquíes no tienen fácil trabajar en Damasco y que a muchas familias se les acaban los ahorros, por lo que empieza a haber situaciones traumáticas. A menos que, como Saída, una economista iraquí de origen kurdo con la que hablé, tengan hermanos en Holanda u otros países occidentales y les envíen dinero de modo regular.

Los refugiados viven, además, con el miedo permanente a tener que dejar el país un día de pronto.

 Pero unos y otros, los sirios y sirias, muchos de ellos de ojos verdes, muchas de ellas muy altas, todos ellos amables y hospitalarios como pocos pueblos,  los refugiados iraquíes, los turistas iraníes, los turistas occidentales, porque, aunque a un joven israelí  que conocí en Petra le sorprendió mucho que hubiera turistas en Siria, los hay, todos ellos digo conformaban la ciudad que yo conocí y aprendí a querer, el Damasco que a mí se me metió en la piel porque, en palabras de Marisol, otra viajera, “conserva ese atractivo que no es atribuible a algo concreto: unas ruinas, un paraje, una determinada arquitectura, una influencia religiosa, etc., sino que es precisamente la suma de todo eso durante siglos”.

 O en este caso, milenios, y en la ciudad más antigua continuamente habitada del planeta, por la noche es fácil imaginarse al califa Harún al Raschid fumando una arguila en el patio de uno de los palacios de la ciudad vieja y no puedes por menos de confiar en que su embrujo le sirva, sobre todo, para ser una ciudad eterna.

 

LICENCIADA EN CIENCIAS DE LA INFORMACIÓN, RAMA PERIODISMO, POR LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID.

CAMBRIDGE PROFICIENCY ENGLISH CERTIFICATE, POR EL HAMMERSMITH AND WEST LONDON COLLEGE DE LONDRES.

VIVÍ EN LONDRES DE 1980 A 1987 Y EMPECÉ A TRADUCIR PROFESIONALMENTE EN MADRID EN 1989.